San Antonio María Claret

Nació el 23 de diciembre de 1807 en la villa de Sallent, Deanato de Manresa, Obispado de Vich, provincia de Barcelona. Siendo el quinto de once hermanos.

Desde los doce años, trabajó con su Padre en la fábrica de telas familiar y reconociendo su habilidad para el diseño y la fabricación, se dirige a Barcelona para perfeccionarse en el arte textil.

Siempre realizaba el rezo del Santo Rosario y cada domingo participaba de la Santa Misa. La Palabra de Dios iría guiando su vida, especialmente al leer: ¿de qué le sirve a uno ganar todo el mundo si al final pierde su vida?. Un día Claret entró al despacho de su padre a comentarle un asunto de gran interés. Su padre creyó que era un nuevo negocio pero Claret le comentó que sintió el llamado de Dios y quería ser monje cartujo.

Ingresa al seminario de Vic de 22 años, se dirige a la Cartuja de Montealegre pero Dios le cierra el paso con una horrible tempestad que le atacó gravemente la salud. Dios no le quería cartujo, sino apóstol de la Palabra y de la acción.

Continúa con sus estudios seminarísticos en Vic y sufre una gran tentación contra la castidad. Antonio se encomienda a la virgen María y reconoce su intercesión maternal y en especial la voluntad de Dios para ser misionero, evangelizador.

 

El 13 de junio de 1835 recibe la ordenación sacerdotal y queda encargado de su parroquia natal, Sallent. Sin embargo, Él sentía que estar en la parroquia no era la suyo y cada día siente con mayor fuerza que el Señor lo llama a ser Misionero.

La situación política en Cataluña, dividida por la guerra civil entre liberales y carlistas, y la de la Iglesia, sometida a la desconfianza de los gobernantes, no dejaba otra solución que la de salir de su patria y ofrecerse a Propaganda Fide, encargada entonces de toda la obra de evangelización de cualquier tipo. Así que inicia un viaje lleno de obstáculos y peligros hacia Roma.

Aprovechó unos días que tenía libres para hacer ejercicios espirituales en la casa del Gesù de los Jesuitas. Su director le animó a solicitar el ingreso en la Compañía de Jesús. A principios de 1840, a los cuatro meses de haber comenzado el noviciado, se ve aquejado por un dolor intenso en la pierna derecha que le impide caminar y la mano de Dios se hace sentir. El P. General de los jesuitas le dijo que era la voluntad de Dios que fuese pronto para España.

Estando en Cataluña se le confía la parroquia de Viladrau. Al estar ésta bien atendida, comienza a desplazarse para dar misiones y ejercicios en poblaciones cercanas. “Había muchos enfermos en el pueblo y ningún médico. Me dediqué a buscar plantas medicinales con las que curaba enfermedades de los feligreses. Así lo decía, pero ellos decían que se las curaba milagrosamente”. Pero, una parroquia era campo demasiado pequeño para sus ansias de apostolado.

Recorrió casi toda Cataluña de 1843 a 1847, predicando la Palabra de Dios y siempre iba a pie, sin aceptar dinero ni regalos por su ministerio. A pesar de su neutralidad política, pronto sufriría persecuciones por parte de los gobernantes, y calumnias de quienes combatían la fe.

Pero nuestro fundador no iba a ser sólo predicador incansable de misiones al pueblo y de ejercicios a sacerdotes y religiosas. Pronto va descubriendo otros medios de apostolado: publicó devocionarios, pequeños opúsculos dirigidos a sacerdotes, religiosas, niños, jóvenes, casadas, padres de familia…; fundó la Librería Religiosa en 1848, que en dos años lanzó 2.811.000 ejemplares de libros, 2.059.500 opúsculos y 4.249.200 hojas volantes.

Como medio eficaz de perseverancia y progreso en la vida cristiana funda o potencia cofradías, entre ellas la Archicofradía del Inmaculado Corazón de María, y escribe el librito “Hijas del Santísimo e Inmaculado Corazón de María”, que con el tiempo inspirará el nacimiento del instituto secular Filiación Cordimariana.

Al serle imposible predicar en Cataluña por el estallido de la segunda guerra carlista, su superior eclesiástico lo envía a las Islas Canarias. De febrero de 1848 a mayo del año siguiente recorre casi toda la isla de Gran Canaria y dos poblaciones de Lanzarote. Pronto y familiarmente se le comienza a llamar “el Padrito”. Tan popular se hizo que es copatrono de la diócesis de las Palmas junto con la Virgen del Pino.

Consagrado obispo sigue siendo misionero. Con el báculo del buen pastor recorre tres veces su diócesis. Entrega el pan de la Palabra, de la cultura y de la dignidad humana. Es perseguido y derrama su sangre por servir a Dios y a los más pobres.

De vuelta ya en Cataluña, el 16 de julio de 1849 funda, en una celda del seminario de Vic, la Congregación de los Misioneros Hijos del Inmaculado Corazón de María. La gran obra de Claret comienza humildemente con cinco sacerdotes dotados del mismo espíritu que el Fundador. A los pocos días, el 11 de agosto, comunican a Mossen Anton su nombramiento como arzobispo de Santiago de Cuba. A pesar de su resistencia y su preocupación por no dejar huérfanas a la Librería Religiosa y a la recién fundada Congregación de Misioneros, se ve obligado, por obediencia, a aceptar el cargo. Es consagrado obispo el 6 de octubre de 1850 en la Catedral de Vic.

La situación en la isla de Cuba es deplorable: explotación y esclavitud, inmoralidad pública, inseguridad familiar, desafección a la Iglesia y sobre todo progresiva descristianización. Nada más llegar, el nuevo arzobispo comprende que lo más necesario es emprender un trabajo de renovación en la vida cristiana y promueve una serie de campañas misioneras, en las que participa él mismo, para llevar la Palabra de Dios a todos los poblados. Da a su ministerio episcopal una interpretación misionera.

En seis años recorrió tres veces la mayor parte de su inmensa diócesis. Se preocupa de la renovación espiritual y pastoral del clero y de la fundación de comunidades religiosas. Para la educación de la juventud y el cuidado de las instituciones asistenciales logra que los Escolapios, los Jesuitas y las Hijas de la Caridad establezcan comunidades en la Isla; con la M. Antonia París funda el convento de Religiosas de María Inmaculada Misioneras Claretianas el 27 de agosto de 1855.

Lucha contra la esclavitud, crea una Granja-escuela para los niños pobres, pone una Caja de Ahorros con marcado carácter social, funda bibliotecas populares, escribe dos libros sobre agricultura, etc. Tanta y tan diversa actividad le supone enfrentamientos, calumnias, persecuciones y atentados. El sufrido en Holguín, el 1º febrero 1856, casi le cuesta la vida, aunque le proporciona el gozo martirial de derramar su sangre por Cristo.

Aunque se siente como un pájaro enjaulado, los años de Madrid son los de mayor madurez humana, espiritual y apostólica. Su influjo evangelizador llega a toda la Península y con sus escritos e iniciativas impregna de Evangelio la cultura popular de su tiempo.

La Reina Isabel II lo elige personalmente como su Confesor en 1857 y se ve obligado a trasladarse a Madrid. Debe acudir a palacio al menos semanalmente para ejercer su ministerio de confesor y ocuparse de la educación cristiana de la princesa Isabel y del príncipe Alfonso y de las infantas que nacerán en años sucesivos. Debido a su influencia espiritual y a su firmeza, poco a poco va cambiando la situación religiosa y moral de la Corte. Vive austera y pobremente.

Los ministerios de palacio no llenan ni el tiempo ni el espíritu apostólico de monseñor Claret: ejerce una intensa actividad en la ciudad: predica y confiesa, escribe libros, visita cárceles y hospitales. Aprovecha los viajes con los Reyes por España para predicar por todas partes. Promueve la Academia de San Miguel, un proyecto en el que pretende aglutinar a intelectuales y artistas para que “se asocien para fomentar las ciencias y las artes bajo el aspecto religioso, aunar sus esfuerzos para combatir los errores, propagar los buenos libros y con ellos las buenas doctrinas”.

En 1859 la Reina le nombra Protector de la iglesia y del hospital de Montserrat, de Madrid, y Presidente del monasterio de El Escorial. Su gestión al frente de esta institutción no puede ser más eficaz y más amplia: restauración del edificio, recuperación de los campos productivos para el financiamiento, equipamiento de la iglesia, establecimiento de una corporación de capellanes, un seminario interdiocesano, un colegio de segunda enseñanza y los primeros cursos de una universidad.

Una de sus mayores preocupaciones será dotar a España de obispos idóneos y plenamente entregados a su misión y proteger e impulsar la vida consagrada; en este aspecto, influye espiritualmente en varios fundadores y ayuda a muchísimas congregaciones religiosas nuevas a regularizar su situación civil y eclesiástica.

Mantiene siempre celosamente su independencia y neutralidad política lo que le acarrea múltiples enemistades. Se convierte en el blanco del odio y venganza de muchos: “no obstante de haber marchado siempre con precaución en este terreno -se refiere a los favoritismos-, no he escapado de las malas lenguas”, confiesa. Su unión con Jesucristo alcanza un punto álgido en la gracia de la conservación de las especies sacramentales, otorgada en La Granja (Segovia) el 26 de agosto de 1861.

espués de predicar en París y en Roma, siente que ya había cumplido su misión. Enfermo, calumniado y perseguido entrega su espíritu en la cruz del exilio. El que buscaba imitar a su Señor en todo, al final, recorre su misma ruta pascual.

A raíz de la revolución de septiembre de 1868, parte con la Reina hacia el exilio. En París mantiene su ministerio con la Reina y el Príncipe de Asturias, funda las Conferencias de la Sagrada Familia y se prodiga en múltiples actividades apostólicas, especialmente en favor de los inmigrantes.

En abril de 1869, con motivo de la celebración de las bodas de oro sacerdotales del papa Pío IX y de los trabajos preparatorios del Concilio Vaticano I, se despide de la familia real y se traslada a Roma, donde vive en el convento de San Adrián, de los mercedarios. En el Concilio interviene apasionadamente en favor de la infalibilidad pontificia.

Al concluir las sesiones, con la salud ya muy quebrantada y presumiendo próxima su muerte, se traslada a la comunidad que sus Misioneros desterrados de España han establecido en Prades (Francia). Hasta allí llegan sus perseguidores, que pretenden apresarlo y llevarlo a España para juzgarlo. Por ello se ve obligado a huir como un delincuente y refugiarse en el monasterio cisterciense de Fontfroide, cercano a Narbona.

En este escondido cenobio, rodeado del afecto de los monjes y de algunos de sus misioneros, fallece, a los 62 años y 10 meses de edad, el 24 de octubre de 1870.

Sus restos mortales son trasladados a Vic en 1897. Es beatificado por Pío XI el 25 de febrero de 1934 y Pío XII lo canoniza el 7 de mayo de 1950.